Al terminar la meditación, en ese estado armónico y conectado, conscientes de que celebramos el aniversario de la llegada de un Salvador, conscientes de que estamos en el momento en que el Sol entra en Capricornio y hace disponibles energías de pureza, resiliencia y perseverancia en la escarpada senda interior a la cumbre, al alma, vamos sembrar en nuestro corazón un propósito que nos permita crecer espiritualmente en el ciclo que hoy comienza.

Elementos:
Una vasija no muy grande llena de sal gruesa ( representando la tierra espiritual de Capricornio).  Papel y bolígrafo. Una vela encendida, incienso de sándalo ( deseable pero no indispensable).

Preguntas:

💠  ¿Qué he de sembrar para ser Navidad, ser luz, ser presente?

💠  ¿Qué he de cultivar en mí, para que mi capacidad de servir florezca al siguiente grado?

Sentimos que la fuerza inquebrantable de Capricornio nos asiste, nos vemos en la cumbre de una elevada montaña, vemos el sol del amanecer derramar su luz roja … Permitimos que las ideas lleguen y formulamos el propósito por escrito. Sentimos que al plasmarlo con toda intención, lo estamos estableciendo en un instante fértil, como objetivo, pacto, compromiso.

En caso de estar reunidos en grupo es muy bello centrar la atención fortaleciendo el anhelo de luz de otros, deseando que su propósito espiritual se cumpla.  Una forma bella es realizando una ronda en la que el nombre de cada participante se pronuncia, en tanto los demás están con el mudra de la oración y una actitud amorosa. Si estamos físicamente solos ( conectados de corazón con el grupo), igualmente deseamos que el propósito de los demás se cumpla.  Sentimos como ellos nos están deseando lo mismo.

Si hemos realizado la siembra en la Navidad pasada ( Solsticio ) extraemos nuestro papel de su vasija con sal gruesa, leemos, evaluamos y lo guardamos. Sembramos.

Si es nuestra primera siembra, elegimos la vasija la llenamos de sal, sembramos el papel doblado con cuidado y la protegemos de la humedad tapándola. Es bueno guardarla cerca de nuestro lugar habitual de meditación y conservarlas ya que proporcionan una visión del camino recorrido.

Damos gracias y asumimos el compromiso de nacer, cada instante, a la vida más abundante: El Amor de Cristo en nuestro corazón.

ISABELLA DI CARLO

 

 

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