Siembra tu Antena de Armonización

Cada antena contiene información armonizadora y ordenante que mantiene activo y conectado el lugar con la red de nodos de armonización planetaria

 

La siembra de antenas ha sido una fiesta de la vida. Poner la mejor intención, cantar, sembrar en los altares de la tierra; sentir el palpitar de la vida en tantos sitios y alimentarnos de la belleza de los paisajes… intuir en las estaciones emisoras y receptoras de la tierra, arterias, venas, nervios, puntos nodales de comunicación. Experimentar nuestras raíces y con ellas un sentimiento de pertenencia al paraíso que heredamos. Sabernos responsables de todos y sentir en Gaia la madre sagrada que amamanta las infinitas formas de la vida. Experimentar el sentimiento de solidaridad profunda, que emerge desde adentro cuando sembramos con las antenas el anhelo profundo de nuestro corazón, para que la tierra fértil de la paz pueda florecer en la hermandad.

Que con la ayuda de todos podamos sembrar miles de antenas en las montañas, en los valles, en las selvas y en los templos naturales de las nieves eternas. Que sirviendo así a la Madre tierra, podamos reconectar la naturaleza sagrada a nuestra propia naturaleza. Que ondas de resonancia armónica con sus patrones de alta frecuencia, contribuyan a restaurar el holograma de la naturaleza. Que, convertidos en antenas vivas, sembremos lo mejor de nosotros para devolver multiplicado el milagro de la vida recibida.

Qué bueno es poder ser parte de este cuerpo, el de la tierra de todos, para así llegar a ser de veras lo que somos.  Como antenas recibimos y emitimos en un rango muy amplio del espectro.  Que no dejemos de recibir. Que no dejemos de emitir enriquecido lo que hemos recibido.  Que no dejemos de ser quienes de verdad somos para que entre todos podamos crear un mundo mejor.

La sensibilidad que nos une 

Reconectarnos, redescubrir en Gaia, el planeta vivo, que también somos naturaleza; permitir el flujo de la energía de la vida para ser antenas del planeta; sembrarnos y sembrar la más pura intención de nuestro corazón con las antenas para regresar a nuestras raíces y ascender a lo mejor de la cosecha humana. Al sembrar las antenas contribuimos a restaurar la red etérica, el sustrato de comunicación a través del cual los arquetipos del plan de la vida se siembran en la tierra.

Cada cosa se conecta, por una especie de sensibilidad profunda, con todas las otras cosas. Es como si cada ser fuera una   antena sensible   que, gracias a su emisión y recepción permanente, estuviera inmersa en un campo pleno de conectividad y de significado. En este campo de relaciones nada está muerto, ningún proceso está exento de sentido. En este océano de sentir y de sentido podemos ver de nuevo un mundo vivo, en el que ningún objeto es algo que podamos describir sólo desde un punto de vista objetivo. En el orden intrínseco del universo la relación sensible y significativa es también un proceso profundamente subjetivo.

La red de la vida

Un siglo después de la revolución cuántico- relativista, que cambió nuestra visión de la física, estamos accediendo hoy a una revolución de la biología que implica un cambio profundo en nuestra visión de la naturaleza y de la vida. Estamos descubriendo en la interconectividad de la gran cadena de la vida, un campo unificado de conciencia que da sentido y significado a cada vida.

En ese cosmos densamente interconectado, todas las geometrías, los planos, las líneas y los puntos se desplegaron desde un solo punto infinitamente implícito. Todas las partículas subatómicas y sus ensamblajes y relaciones posibles,   constituyen el despliegue de esa singularidad que se ha proyectado a la diversidad, para revelarnos el mundo objetivo de las formas. Este oleaje externo y objetivo de los objetos proviene del orden profundo y subjetivo del sujeto implícito en cada cosa. Cada ser siente, a su modo y  en su propia dimensión, la primitiva pulsión de  desplegar la diversidad implícita en la infinita unidad del punto cero.

La diversidad de tejidos en la naturaleza nos llevaría pensar que los hilos de la trama de la vida son distintos cuando, en realidad, están elaborados con una sola materia prima que asume distintas vibraciones y coloridos. Con hilos invisibles, constituidos de una sola esencia, la misma sustancia etérica universal, se va creando la trama y el contexto en el que cada ser vive.

A nuestro nivel, tejemos emociones, pensamientos y sentimientos en una intrincada red de tejidos sutiles que nos soportan y nos impulsan. Con hilos de humanidad construimos un puente de relaciones entre los distintos reinos de la conciencia. Siempre entrelazados, hiper relacionados, a veces anudados, nuestras relaciones conforman una red de resiliencia, donde la mismidad y la otredad se juntan y se refuerzan.

Cada ser es un punto de confluencia de los hilos de un tejido de interioridad subjetiva   llena de significado y propósito. Para algunos biólogos de vanguardia cada vida se convierte en un centro subjetivo donde el universo externo y objetivo se interioriza en la profundidad del sentir, que da significado al todo inmerso en cada parte.  Como si una corriente de sentir entrelazara toda vida desde su unicidad al tejido de la vida colectiva, constituyendo un cuerpo de amorosa inteligencia autopoiética, cuya cualidad permanente es reinventarse y proyectarse, para avanzar cada vez a un nivel de vida más ordenado e incluyente.

Conservar la unidad original

Todo estuvo un día físicamente conectado y éramos un solo continente. Pangea el continente único se expandió   hasta los distintos continentes con sus diversos contenidos. La unidad invisible de conectividades no locales y resonancias lejanas permanece, uniendo lo denso y lo sutil, las moléculas, las células y los tejidos.

Todo sigue entretejido por los hilos invisibles de un sentir que hace sensible todo a todo lo demás. Cuando esa sensibilidad, que nutre a todos los niveles cada entidad y su respectiva identidad, se pueda restaurar, encontraremos juntos el hilo conductor, que revela en la belleza de la diversidad y la unicidad de los seres el secreto de su unidad esencial. Pues cada cosa participa subjetivamente de la unidad sólo cuando es única. La individualidad no permite la masificación amorfa. La forma revela la apariencia externa de esa unidad esencial, en la que todos los componentes son facetas únicas y diferentes.  La naturaleza honra la diferencia que revela la expansión de la unidad. La belleza es un viaje en el que nada puede ser periférico pues cada cosa sigue siendo centro.

Ya no podemos concebirnos sólo como un punto aislado de una galaxia periférica.  Cuando despertamos a la conciencia de la conciencia, la conciencia reflexiva, nos convertimos en centro de universo. Esta transformación es un viaje al interior que revela el mundo del sujeto reunido a toda la corriente subjetiva que sostiene el universo. Desde adentro, con la materia prima de nuestra propia esencia, podemos participar en la construcción de un mundo nuevo.  Desenredar las redes, reconstruir los nodos, reparar los hilos de las emociones, generar relaciones de comprensión, ser de nuevo voceros de los reinos de la naturaleza que un día hicimos prisioneros. No estamos solos, toda la creación conspira en su tendencia natural a la realización, como expresión del plan de la vida. Los ancestros nos acompañan. El bisabuelo nos soporta y la bisabuela aún amamanta tres generaciones. En la nueva ecología del sujeto, desde la dimensión profunda del sentir comprenderemos por fin que todo cuanto se despliega ante los sentidos es la proyección de un orden subjetivo que entreteje todo dándole sentido.

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