“Quien no huye de la muerte, se reconcilia con la vida”

                   Jorge Carvajal

 

El primer paso, la Escucha activa

Hace poco tuve la oportunidad de asistir a un grupo de duelo, dentro del proyecto Al final de la Vida”, una iniciativa que busca entre otras cosas cambiar la idea acerca de la muerte, acompañar a personas que estén en proceso de enfermedad terminal y brindar apoyo a sus familias. Llegué como espectadora, y a medida que escuchaba los testimonios de las personas presentes, se fueron removiendo en mí emociones que tenía guardadas debajo de un montón de pensamientos racionales; cuando llegó mi turno para hablar, surgieron lágrimas que reflejaron un duelo no resuelto y sacaron a la conciencia asuntos todavía pendientes de mirar. La respetuosa escucha de las personas allí reunidas, la serenidad y profunda compasión que se respiraba en el ambiente y los ejercicios propuestos, hicieron que sin proponérmelo saliera con un peso menos encima.

Casi siempre estoy del otro lado en los grupos terapéuticos: escuchando, acompañando o descubriendo pistas para ayudar a las personas a solucionar sus temas pendientes, y esta vez agradecí muchísimo el tener la oportunidad de ser escuchada y acogida amorosamente con mi dolor, especialmente cuando me di cuenta que el proceso de sanar continuó durante la semana, en donde diferentes insight llegaron a mi conciencia para poder dar lugar a las emociones que continuaron saliendo desde ese día.

Haciendo conscientes nuestras creencias

La familia es el lugar donde se producen la mayoría de las creencias que nos acompañan en la vida, muchas de ellas de manera inconsciente determinando nuestras decisiones y creando nuestra realidad. El tema de la muerte está estrechamente vinculado a la cultura, así como las emociones que pueda generar y la manera de gestionarlas.

Si la cultura en la que crecemos nos dice que todo se termina con la muerte, que la separación es definitiva, que es un proceso doloroso donde seremos juzgados y habrá sufrimiento, o que la muerte de nuestros seres queridos es sinónimo de soledad o abandono, es natural desarrollar el miedo a morir y a que personas cercanas mueran, pues la muerte se asemeja a un abismo del que no es posible retornar. El miedo crece tanto, que puede terminar por convertirse en un miedo a vivir, a relacionarse, a desarrollar vínculos profundos, a amar. Si en la mente se “instaló” un programa que dice “muerte=separación=dolor”, inconscientemente se creará una cadena de creencias encadenadas para sostener esa idea, y tendremos un campo minado de situaciones de las que vamos a huir para no sufrir.

Las generaciones actuales somos producto de todas las circunstancias difíciles de la humanidad, entre ellas muchas guerras, epidemias, migraciones y conquistas que tuvieron como resultado la muerte de miles de personas, con la correspondiente carga de dolor atrapada entre nuestros genes y los miles de duelos no resueltos, formando un entramado de hilos inconscientes que nos atrapan y nos mantienen en el miedo a la muerte, y por consiguiente, en el miedo a la vida.

He visto mujeres y hombres “congelados” emocionalmente, sufriendo diferentes consecuencias a nivel físico, emocional, relacional y casi siempre en la generación de los abuelos hay historias de guerra, muerte violenta, pérdida temprana de niños o jóvenes con el dolor profundo que esto representa. He visto corazones que se endurecen para no sufrir con las pérdidas, creando personalidades recias y biologías que terminan por materializar ese congelamiento en forma de arterias y venas obstruidas, porque el miedo a la muerte paradójicamente, nos acerca más a ella.

El duelo, un proceso vital

Los duelos no resueltos nos mantienen en lo que en términos sistémicos llamamos “un impulso de acercarnos a la muerte”, y que yo identifico como un intento de la conciencia por ayudarnos a resolver asuntos pendientes. Es como si acercarnos a la muerte, estar “al borde del precipicio” nos hiciera plantearnos muchas veces la pregunta: ¿te quiero seguir en la muerte o me quedo en la vida?. Estar allí nos lleva a mirar la muerte de cerca y la relación con la persona fallecida, sacando a la luz las emociones que no hemos procesado y dándonos la oportunidad de solucionar lo que no hemos resuelto cuando podemos vivirlo de manera consciente.

Cuando alguien cercano muere y tenemos asuntos pendientes, carencias, cosas no dichas o no vistas, queremos seguirlos, queremos alcanzarlos como para decirles: “Oye!  me hizo falta ese abrazo que nunca me diste!”, “se me olvidó decirte que ….” , “quiero saber por qué te fuiste tan pronto “, “extraño que no hayamos hecho ese viaje soñado juntos” y tantas cosas que a veces no vivimos ni decimos por estar demasiado enredados  en la propia vida.

El problema viene cuando nos negamos al proceso de duelo y seguimos la vida como si nada hubiera pasado, pero en el inconsciente siguen ejecutándose “programas fantasma” que terminan por invadir nuestra personalidad y nuestra vida.

El miedo a la separación definitiva de la muerte, nos hace inconscientemente tener un gran temor a vincularnos, en el fondo es como si dijéramos “si no me vinculo no sufro cuando te vayas” por eso preferimos estar alejados, amar superficialmente o evitar relacionarnos con otras personas.

Recuerdo especialmente el caso de *Rosa, mujer de 52 años que consultaba porque tenía dificultades de pareja, no había podido tener hijos, y tenía depresión. En la Constelación familiar, descubrimos toda una cadena de pérdidas de niños pequeños, abortos, generando trastornos de vinculación entre madres e hijas. Ella estaba rodeada de “un campo de muertos”, de duelos no resueltos, pues lo que sucede con la pérdida de niños en etapas tempranas o los abortos, es que no se habla de ellos para evitar el dolor, y se quedan excluidos del sistema. Ella se aislaba dentro de unas murallas de dureza aparente, de rigidez; llenaba su campo relacional de palabras cortopunzantes para disuadir a las personas a que se acercaran y cuando alguien valiente atravesaba el “campo minado“, ella solo podía resistir el tiempo suficiente antes de volver a llenarse de pánico a “perder” y entonces le alejaba a “punta de empujones” creando un círculo “protector” a su alrededor.  Al final, el miedo a la muerte la llevaba a la soledad de la que huía.

Reconocer, aceptar, incluir, perdonar y perdonarse, hacer el duelo, fueron pasos importantes en su evolución, y en la de otras personas que pasan por situaciones similares, y mirar a la muerte cara a cara le ha ayudado a perder el miedo que la mantenía paralizada.

Acercarnos a la muerte nos acerca a la vida: cambio de paradigmas

Dice el Dr. Jorge Carvajal que “la gran muerte está hecha de pequeñas muertes”, a nivel biológico y también en términos de conciencia. En nuestro cuerpo el proceso de muerte es algo tan natural que sucede todos los días en lo que se llama la muerte celular programada o apoptosis, en donde el organismo se deshace de las células que ya no sirven, y si nosotros hacemos conscientemente el mismo proceso a nivel emocional y mental, deshaciéndonos de lo que no nos sirve, podremos soltar esos nudos que nos mantienen en el miedo. Cuando negamos la muerte y bloqueamos su actividad en el cuerpo, se producen enfermedades como el cáncer, donde hay crecimiento celular sin control. Eso nos hace darnos cuenta que la muerte es necesaria para la vida.

Me sorprenden las culturas que ven el proceso de muerte con respeto, reverencia y también como algo natural por lo que todos tenemos que pasar, confiriendo un carácter sagrado y crucial a todo lo que la rodea. Ver la muerte como un proceso necesario de paso me ha ayudado en mis propios procesos de duelo, y poco a poco mi imaginario a cerca de la muerte se ha llenado de mucha Paz y tranquilidad en la medida en que doy lugar en mi corazón a todos los que ya partieron, reconociendo y aceptando su destino.

Las despedidas son parte esencial de la vida, así como el proceso de soltar y desapegarnos. Es el sentido espiritual que subyace a los procesos de muerte y separación, y hace parte fundamental de los procesos de duelo. Me he dado cuenta que cuando vivimos a plenitud una relación y damos lo mejor de nosotros, hay Paz cuando llega el momento del adiós y aunque sintamos tristeza por la persona que ya no está, podremos más fácilmente continuar en la vida.

Mirar a la muerte de manera cercana, danzar con ella como si fuera un tango, comprender que la necesitamos para evolucionar y trascender, me ha hecho valorar cada vez más la vida y a las personas que están en ella.

Deseo de todo corazón que la muerte sea siempre nuestra amiga para que podamos continuar plenamente en la vida.

*nombre cambiado

Marcela Salazar González

Para aprender más:
  1. www.alfinaldelavida.org
  2. Conferencia La vida antes y después de la muerte: la continuidad de la conciencia. Dr.Jorge Carvajal

 

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